lunes, 23 de abril de 2007

Capitulo 1


1. La llegada de los ocho.

Mauro bajó del coche que conducía y se acercó a la tranquera de color verde. Mientras la abría, miraba el cielo encapotado sobre el las extensiones de campo. La ruta que recientemente dejaron atrás estaba casi desierta; cada tanto se veía un camión circular, pero no más que eso. Mauro volvió hasta su auto y subió. Le dijo a Lucía, que estaba en el asiento acompañante.
–Son unos kilómetros hacia adentro. Pero ya llegamos.
Lucia miró a través del parabrisas la fila de álamos que iban hacia el horizonte y se perdían en una curva negra, embrujada. El viento mordió las hojas de los árboles y las sacudió mortalmente.
–¿Qué esperamos? –preguntó Flavia tomándose del asiento delantero y llevando la cabeza hasta alinearla con Mauro.
Mauro la miró con las cejas enarcadas, se encogió de hombros y puso primera. Hizo todo esto luego de ofrecerle a Flavia una sonrisa limpia. Flavia, regocijada, se echó contra el respaldo y miró a través de la ventanilla mientras el auto arrancaba. Junto a Flavia, dormía Elisabeth. Le vino bien la ruta, hacía días que no pegaba un ojo. Haber viajado en auto y que otra persona llevara el control del asunto consiguió que descansara.
Detrás del auto venía otro auto. En él viajaban cuatro personas más. Tres hombres, una mujer. Todos eran amigos, o como mínimo grandes conocidos. Excepto Nahuel, un excéntrico muchacho de casi treinta años que había vuelto de una larga estadía en, según él, el país de los matices grises. Aún nadie supo de qué país se trataba, salvo Carola, su amiga y ella viajaba ahora junto a Nahuel. Carola sabría decir de qué país se trataba, pero no pudo nunca más ejercitar el habla desde que, un año atrás, vio a su padre violar y matar a su mucama. Junto al conductor estaba Diego, afable y querible como siempre. A él se le debía el hecho de que Nahuel tuviera la posibilidad de pasar toda la Semana Santa en la casa de campo de la familia de Carola, es decir, lo que vinieron a hacer todos acá.
Santiago era el octavo, el conductor. Él y Diego fueron compañeros de toda la carrera de Diseño Gráfico y hoy comparten desde trabajo hasta novias.
Los autos circulaban por los senderos bien marcados en la tierra. Senderos hechos por ruedas de autos. A los costados las altas hileras de álamos, siempre movibles, siempre endemoniados. El cielo rajaba cada tanto la vecina tempestad con algún trueno titánico. Carola sufría con esas detonaciones. Accedió a venir a pasar estos días ya que si no era esto, era la soledad de su casa. Bah, tanta soledad no habría, las compañías siempre gustosas de atormentarle la existencia no dejarían pasar la oportunidad, no despreciarían torturar a una frágil Carola presa de su mutismo. Esas compañías eran su pasado, su padre y su madre. Lo terrible era que no estaban sólo en su cabeza esos tormentos, a pesar de lo enterrados que se encontraban hoy en día los cadáveres de sus progenitores.
En el auto que marcaba la delantera, el ansia por llegar era exuberante. Mauro no aguantó las ganas de empezar a cantar. Y Flavia lo siguió. Lucía, mareada y descompuesta por tanto andar, se hizo lugar en la boca para sonreírles. Elisabeth se despertó escuchando a Mauro y a Flavia entonar. A pesar de todo, no tuvo otra alternativa que sentirse satisfecha por estar acompañada por esta gente.
Mauro era un tipo que nunca acunaba un problema, salvo los del sistema, por decirlo de alguna forma. Cada tanto una boleta que no llegó a pagar, presentarse en tribunales para corregir su documento y cosas por el estilo. Y tampoco era que sufriera en el fondo, que fuera de esos que se les dice comúnmente: “vos sos muy divertido, pero seguro que tus procesiones graves van por dentro”. No. Por dentro de Mauro iba lo mismo que por fuera, y lo que corría como electricidad por dentro y por fuera supuraba en el piano, en su piano. Y cuando Flavia lo escuchó por primera vez supo de inmediato que él, cuerpo y espíritu, serían su presa, su conquista. Si alguien quiere apoderarse de otro, lo podrá hacer fácilmente y mejor si no pisa algún terreno que le pertenece a ese otro. En el caso de Mauro, la música. Si así es, la conquista es segura.
Flavia insistió a Elisabeth y Lucía aplaudir.
–No, no, pará que no me siento del todo bien –quiso evitar Lucía.
–Si no hacés esto nunca te vas a sentir bien –respondió Flavia, e instó a que aplaudiera. Lucía le hizo caso.
Recorrieron casi tres kilómetros internándose en el campo. Ya no quedaba hacia atrás y hacia los costados más que horizonte (a excepción, claro, de los álamos alienados a un lado) Habrían llegado a la entrada alrededor de las 18.30. Ya eran las 18.50 y la noche de tinte púrpura clamaba por el Apocalipsis. Estaban cerca de la casa, ya.
–De no creer ese cielo –aportó Santiago a la incertidumbre.
–Lo mejor de todo –añadió Diego– es que no se vio ni un relámpago, pero se escucharon los truenos.
Santiago asintió con la cabeza como aprobando la buena observación de su amigo. Carola miraba con miedo hacia los costados y Nahuel decidió encender un cigarrillo. Santiago miró por el retrovisor atraído por el chispazo (que provocó el encendedor de Nahuel) y cuando supo de lo que se trataba puso una muy mala cara. Diego notó el fastidio de su amigo y decidió intervenir al instante:
–Esperá –le dijo a Nahuel mirándolo a los ojos– a que bajemos. Estamos llegando.
–Ya lo prendí.
–¿Y no lo podés tirar? –preguntó Santiago sin ocultar su disgusto.
–¿Te molesta que se fume en el auto? –preguntó Nahuel.
–Mucho –espetó Santiago.
Nahuel pitó firmemente mirando los ojos de Santiago presentes en el espejo retrovisor. Luego, Nahuel, bajó la ventanilla del auto y volvió a pitar. La ventanilla continuaba descendiendo. Dentro de la cabina empezaba a entrar el aire frío y con olor a lluvia. Carola sintió el frío clavarse en el cuerpo y se movió en el asiento, enfadada. Diego, que veía la ventanilla llegar al tope inferior, trató de apurar el asunto:
–Tiralo de una vez y subí el vidrio. No hacía falta tanto.
Nahuel pitó una vez más y estaba dispuesto a tirar el cigarrillo cuando irrumpió en el interior del coche un viento rapaz, violento y, con la ráfaga, un bulto oscuro entró de golpe y fue a dar contra la ventanilla del lado de Carola, quien, desde ya, se pegó un susto tremendo. Nahuel, a todo esto soltó el cigarrillo y fue a parar al piso del auto. Santiago vio las chispas mientras caía el cigarrillo y frenó del golpe el vehículo. Bajó del auto hecho una furia, fue hasta la portezuela de Nahuel, la abrió y lo sacó del saco.
–Pará, Santi, pará –gritó Diego, ya fuera el auto –. Dejemos las cosas como están. Caro esta asustada, no da para que hagamos esto.
Nahuel le fijaba la mirada inexpresiva a Santiago y este finalmente lo soltó.
–Dale, volvamos al auto –dijo Diego y miró hacia delante en el camino –. Mirá por donde van los otros. Vamos.
Subieron al auto. Cerraron las portezuelas. Diego miró a Carola, que estaba tiesa y nerviosa mirando su regazo. Diego estiró el cuello, con rostro preocupado, y vio que en el regazo de Carola yacía una lechuza, muerta y lastimada. Carola, con horror, miró a Diego.
En el otro coche.
–¡¡¡Estamos!!!
Flavia sintió, tras ese grito de Mauro que fue casi de victoria, que se le erizaba los bellos de la nuca.
Habían llegado a la arcada cubierta de glicinas poderosas. Mauro, Lucía, Flavia y Elisabeth se apearon del coche a contemplar las imponentes rejas que cerraban el paso.
Las primeras gotas de lluvia cayeron.
–Entremos cuanto antes –dijo Flavia.
–Sí, pero hay que esperar a Caro que tiene las llaves. Eso que veo no debe ser un candado fácil de violar –dijo Mauro marcando bien la última frase. Intentó ser misterioso, aunque no le salió.
El otro auto llegó inundando la escena con sus luces. Se bajaron todos.
Estaban ahora frente a la entrada, deseosos de entrar.
Pero Caro tembló, no quiso sacar las llaves. Nadie lo supo, claro, no hablaba ni se notaba, pero ella lo pensaba. Ella miraba las estructuras de hierro que ornamentaban las rejas de la entrada. Los ochos dibujados en cada hoja la hizo dudar, pero de todos modos sacó las llaves ante la ansiedad de todos. Había gente sonriendo. Había, 7 personas, o quizá menos, que deseaban pasar esa Semana Santa en soledad, jolgorio y algo de éxtasis, ¿por qué no?, en ese caserón.
Pero Caro supo al instante que no irían a estar solos y que sería muy probable que tampoco la pasaran bien.
Se lo dictaba el corazón, el viento y las ocho lechuzas que dominaban la escena en los follajes aledaños.